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jueves, 31 de agosto de 2017

LLUVIA


 Un torrente de ramas, despojos, y mierda, corría negruzca por la avenida hacia abajo con la fuerza que el viento impulsaba, lo que hacía imposible cruzar la calle, el agua lo había inundado todo.

 Del otro lado de la acera, el anónimo  con su cara lavada, chorreando injusticia, de  imagen inofensiva y    manos gélidas, esperando. Trajeado con dos bolsas de basura, un gran cinturón y unas botas altas de goma. En la gorra llevaba un cartel, que se leía “diplomado en aguas furiosas”; enérgico, se acercaba a la bajada de la micro extendiendo sus brazos como remos óseos ofreciendo cruzar la calle, encorvando la espalda para recibir el pesado bulto. Convencía con un tono tierno y decidido que la  gente asumía sacando fuerzas de la penuria, con la dignidad que les faltaba a los que manejaban este país. El hombre atravesaba la calle de lado a lado, dando un paso tras otro, sumido hasta la cintura al compás del torrente, hasta que llegaba con su apreciado encargo, para devolverse cargado nuevamente y así durante todo el día, durante todos los meses, durante todos los años.  

 Por las rendijas de su casa el viento susurraba, y su hijo Samuel, le preguntaba  qué decía, - no le hagas caso, son desventuras, ya todo va a cambiar, voy a comprarme un triciclo y tu vas a poder estudiar porque voy a llevar a mucha gente…

 La mañana en que Samuel va al cuarto de su padre, y lo encuentra empapado, congelado y sin vida, había una tormenta, de ramas, basura y mierda…y las nubes también lloraban.

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