Glotonné furiosamente el maqui para atesorar el fuerte aroma en mi mente, como si en ello se me fuera la vida, mientras las lágrimas rodaban por mi cuello. El tinte negro del fruto resbalaba por mi vestido de popelina ocultando las manchas entre sus estampadas flores grises y marrones, aterrizando en mis pies descalzos.
El Pililo Ortega salió despavorido cuando le conté la noticia, escapó sin mirarme, sin escucharme, sin despedirse, hecho un celaje, como el amargo día en que el Guataca se cayó al pozo...yo entraba a su casa en la que apenas distinguía a su mamacita, quietita, atontada llorando junto al brasero, que humeaba con escasa lumbre. No supe qué hacer con tanta pena, y, con los murmullos ensordecedores de la gente que entraba y salía. Permanecí un rato esperando que volviera, sosegada, entumecida y en silencio. Quedé paralizada cuando trajeron al Guataca desnudo y con el vientre abultado. Lo pusieron en el piso de tierra, al ladito de las escasas brasas . Yo veía las sombras de la parentela y los amigos que se apiñaban al lado del pobrecito, en medio de una nube negra cada vez más densa. Lancé unas piedrecitas a lo que quedaba de la fogata y esperé que se calentaran para entibiar mis manos, como esas que me dio el Pililo el día de lluvia en que nos escapamos de la escuela para recoger gusanos en las pozas .
Ya lo echaba de menos…sabía que no lo olvidaría.
Reanudé lentamente el paso por el estrecho sendero. Di un salto al sentir el suave roce de la mano de Bartolo en mi hombro. Era el “ hombre del saco” que mentaban para asustarnos cuando nos portábamos mal.
Bartolo nació pobre y feo, y con el tiempo empeoró. Su cuerpo se fue deformando, seguramente por falta de comida y abrigo. El olor calado de su ropa, su cuerpo, y su mirada de tristeza perpetua me devolvieron al ridículo instante cuando le hice morisquetas para que se asustara y así pasar inadvertida a su lado…su recuerdo, me persiguió durante años, evoqué ese gesto cariñoso su modo protector, me sentí arrepentida de haberle tenido miedo, arrepentida de no haberlo acompañado, arrepentida de no haberlo abrazado cuando me fui.
Reinaldo Soto era el más tímido de la escuela. Esa mañana, me miró sorprendido y sólo atinó a buscar unos zapatos que había llevado doña Irma, mi madre, a reparar. Vengo a despedirme-le dije, y él estiró su pequeña y fría mano balbuceando unas palabras que no pude entender, daba igual, el tiempo las olvidaría o las modificaría.
Crucé la plaza en dirección al almacén de don Pascual Ovando a pedirle que me fiara unos dulces para llevárselos a la Noemí Palma.
Quiubo, Noemí…me voy a Gorbea. Ah! ya, me contestó. Retorció con fuerza su delantal floreado, sus cachetes se tiñeron de color púrpura, como el día en que entramos atrasadas y de la mano al Mes de María, con sendos ramos de flores silvestres, acicaladas con nuestros vestidos albos de broderí, y los parroquianos se dieron vuelta a mirarnos. Puse los dulces en su bolsillo y salí corriendo.
Cerca de la estación de trenes me tropecé con mi papá, que salía con cara de patidufuzo de la “ casa-quinta” que habitaban las Aguillón. Ni el odio que les tenía mi madre, ni la mala fama de esas mujeres fue motivo para que no le hiciera un vestidito de danza igualito al mío a la Glorita Aguillón, el día de la velada en San José de la Mariquina. Ambas nos veíamos bien pintiparadas y yo no daba más de felicidad. Mientras girábamos en la pista al son de la música, la Glorita me contaba que en su casa-quinta los tíos bailaban y cantaban y ella se sentaba debajo del piano a comer los dulces que le llevaban.
Mi papá atinó a decirme que me apurara, que mamá me esperaba para ir al campo de la tía Maruja…que triste despedirme de ella, pensé. Yo la amaba, me hubiese gustado quedarme allí, en un escondite en el campo en medio del olor a hierba mojada, ahí mismo donde escondí la zamarra blanca con botones dorados marcados con el ancla marinera y en el saquito una insignia alemana…lo odiaba. La enganché en un cerco de alambre de púas frente a la mirada cómplice de una atenta vaca.
Corrí hacia donde los parientes celebraban el matrimonio de la Posy, la hijastra de la tía Maruja.
No miré hacia atrás.

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