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lunes, 23 de diciembre de 2019

Que pena que...

“Qué pena que no sepas repartir tu piedad/
También que cada herida en la piel de este planeta/
es una zona cero que llorar/
y abres otra herida repitiendo el mismo error”
(Ismael Serrano)




La imagen de un poeta y profesor de literatura con fuerte presencia en los medios, como es Cristian Warnken, escribiendo con extremo sentido de lo parcial acerca de lo que está viviendo el país desde hace más de cincuenta días, resulta triste, injusta y muy necesaria de reflexión, a lo menos.
Dos semanas atrás, por ejemplo, en una columna titulada “Chile en la zona cero” reacciona (solo) a la violencia de que es objeto la fuerza pública, y no a la que ellos ejercen sobre las personas, señalando que “esos jóvenes [que han atacado a carabineros] parecían poseídos por una especie de éxtasis destructivo, como drogados de violencia (y seguramente también de droga y alcohol)” (Emol, 21.11.19).
Y ello, que bien podría ser posible pero que, a diferencia de él, preferiríamos no comentar por tratarse de una especulación (tal como se hizo, en su momento, con la propia policía), nos mueve a preguntarnos por la parcialidad de su observación, amén del efecto que tiene en la construcción de realidad.
Hace unos días, asimismo, en otra columna que lleva por nombre “¿Viva la muerte?” y en la que afirma que “el lenguaje no es inocuo” (Emol, 05.12.19), se pregunta por el contenido de las declaraciones que en las calles se pueden observar y escuchar, sosteniendo que “de a poco, se ha ido imponiendo un lenguaje denigratorio, destructivo, nihilista. Las consignas idealistas son superadas por invitaciones al odio, la quema, la funa, incluso la vejación sexual” (ibid).
Y ello, que otra vez podría ser cierto, deja fuera el contenido de las declaraciones que en palabra y obra nuestro gobierno, y el Estado más ampliamente, ha dirigido a esas mismas personas; un contenido que no podría calificarse, exactamente, de constructivo, acogedor o respetuoso. No ahora y no antes, en absoluto.
¿Por qué sucede esto, sin embargo, si mucha de la reacción que hemos podido presenciar durante estos días guarda relación con ese impulso tanático, del que habla el reconocido columnista de El Mercurio, pero que en su caso no es capaz de observar y distinguir en quien tiene el monopolio de la violencia, tanto física como simbólica?
¿Por qué lo hace si las imágenes que hemos visto, ya por siete semanas, hablan de esa violencia, mucha de ella con resultado de muerte, mutilación y hasta de las vejaciones sexuales que él denuncia en su textualidad, no obstante deja de ver sobre las y los manifestantes a que alude?
¿Con qué derecho se permite hacer una referencia a las drogas, por ejemplo, y no se pregunta por lo que ha estado pasando en las poblaciones y sectores vulnerados de nuestro país, donde aquélla y el alcohol se han dejado caer, fuerte y muy clasistamente, sobre jóvenes, niñas, niños y adolescentes? ¿No es ésa una otra forma de violencia, terrible, muy concreta y, valga la insistencia, que carga ya con muchas muertes?
¿No hay ceguera, por otra parte, cuando hablando de “sujetos que no perciben un límite a toda la destrucción que son capaces de hacer” (Emol, 21.11.19), en su caso para referirse al “lumpen, barras bravas y anarquistas, o todos a la vez” (ibid), deje de hacerlo con respecto a inversionistas y empresarios confabulados con nuestros honorables políticos que, no en estos días sino por más de tres décadas, se han saltado esas fronteras y destruido ríos, mares, montañas, bosques nativos, lugares sagrados de los pueblos indígenas y vidas humanas?
¿No habría que detenerse en ello si, a renglón seguido, afirma que “hay una furia nihilista que hemos visto desatada contra el espacio público, la propiedad privada y también contra cuarteles policiales o del Ejército o de la FACh”, agregando que ello “no tiene que ver con las legítimas demandas de cambio que la ciudadanía ha hecho sentir en estos días” (ibid)?
Porque el escándalo que denotan sus palabras, si se permite la comparación, no solo no es equivalente con la furia y fuerza de Estado que sobre las personas se ha dejado sentir antes y también ahora, sino olvida, como ha dicho el poeta y sacerdote Esteban Gumucio, que “a Dios no le importa mucho que destruyan el templo de madera o de piedra/ a Dios le importa el dolor de los pobres que lo construyeron/ a Dios le importa el motivo de las llamas”.
¿Cómo él, entonces, que ha defendido la integración del poeta en la sociedad por su lucidez, ha dejado de ver la ninguna equivalencia entre una vida humana y la de una estatua o iglesia patrimonial; o, si se prefiere, entre un rayado que enuncia una acción de índole sexual hacia alguna autoridad, por terrible que ella pueda ser, y ser víctima real de esa vejación por un agente del Estado?
¿Por qué si es capaz de preocuparse por la integridad de quienes conforman la fuerza pública no lo es respecto de esos jóvenes y mujeres, a quienes prefiere denostar por la ignorancia de la historia que les atribuye y su particular presente, que denomina nihilista? ¿Puede haberlo en jóvenes que, antes de las llamas, escriben en las paredes de esos templos sus legítimas demandas por justicia, frente al ignominioso comportamiento que la Iglesia ha sostenido durante décadas?
¿No tendría que preguntarse, dado que opina sobre ello, por el conjunto de cosas que podrían estar detrás, por ejemplo el empobrecimiento de la educación pública, el individualismo asentado como valor, la segregación que sus propios juicios dejan ver o la desesperanza y falsa promesa de inclusión y pertenencia que nuestra sociedad ha levantado casi como burla? ¿No tendría que asombrarse, a lo menos, por lo grueso y tosco de sus palabras si, como él mismo escribe, éste es un país de finura y delicadeza poética?
¿Qué finura y delicadeza puede haber en sus sentencias, peligrosamente próximas al lugar común, cuando se niega a reconocer la naturaleza construida de las palabras y el peso que en ello tiene el control de los medios de significación, cada vez menos democráticos en acceso y línea editorial?
No hay que ser de izquierda, como (se) declara el columnista, para pronunciarse sobre esto. No se requiere para hacerlo, ni siquiera, de haber estado en algunas de las manifestaciones o compartir su espíritu inclusive. El asunto es más simple, pero demanda de un esfuerzo reflexivo y desnaturalizador respecto de lo que se ve; un compromiso, como diría el poeta Jorge Teillier, construido “por el contacto del hombre [y la mujer] con el mundo”.
Y lo que dice, contrario a ese requerimiento, resulta ofensivo con la capacidad de leer e interpretar que podemos tener las personas que vemos que esas palabras y esas acciones no son inocuas sino que, citando a César Vallejo, “abren zanjas oscuras/ en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte”.
Una herida que, aunque él no quiera ver ni nombrar, suma 23 muertos y más de 200 mutilados en uno o sus dos ojos, cuestión que no solo nos parece del todo inaceptable sino que resulta, en su omisión, muy poco piadosa de quien solía distribuir su valor de forma más honda, bella y sobre todo ecuánime. Una herida que, como expresa el epígrafe de estas palabras, abre otra más al reiterarse dos semanas después en una segunda columna de opinión, y que por lo mismo ya no se puede entender solo como un error.
Leonardo Piña Cabrera y Cristóbal Palma Rojas
Leonardo Piña Cabrera, Profesor Departamento de Antropología, Universidad Alberto Hurtado y Cristóbal Palma Rojas, Antropólogo y Maestrando en sociología, Universidad Alberto Hurtado.

martes, 22 de enero de 2019

un rêve

es imposible,tan imposible , que hace un tiempo se lo dije
 para hacerlo mas imposible aún, 
para convertirlo en el verdadero sueño inalcanzable, 
para no sentir la inquietud de tener que vivirlo algún dia, 
es un estado tranquilo,de equilibrio amoroso, 
que lo arrastre el tiempo, que lo arrastre 
" hasta mas allá de todo" ( igual quedó hoy ...un goce doliente)

martes, 4 de diciembre de 2018

Carta de Macedonio Fernández a Jorge Luis Borges



Querido Jorge:


Iré esta tarde y me quedaré a comer si no hay inconveniente y estamos con ganas de trabajar. (Advertirás que las ganas de cenar ya las tengo y sólo falta asegurarme las otras). Tienes que disculparme el no haber ido anoche. Soy tan distraído que iba para allá y en el camino me acuerdo que me había quedado en casa. Estas distracciones frecuentes son una vergüenza y hasta me olvido de avergonzarme.
Estoy preocupado con la carta que ayer concluí y estampillé para vos; como te encontré antes de echarla al buzón tuve el aturdimiento de romperle el sobre y ponértela en el bolsillo: otra carta que por falta de dirección se habrá extraviado.
Muchas de mis cartas no llegan, porque omito el sobre o las señas o el texto. Esto me trae tan fastidiado que te rogaría que vinieras a leer ésta en casa. Su objeto es explicarte que si anoche tú y Pérez Ruiz en busca de Bartolomé Galíndez no dieron con la calle Coronda, debe ser, creo, porque la han puesto presa para concluir con los asaltos que en ella se distribuían de continuo. A un español le robaron hasta la zeta, que tanto la necesitan para pronunciar la ese y aún para toser. Además, los asaltantes que prefieren esa calle por comodidad, quejáronse de que se la mantenía tan oscura que escaseaba la luz hasta para el trabajo de ellos y se veían forzados a asaltar de día, cuando debían descansar y dormir.
De modo que la calle Coronda antes era ésa y frecuentaba ese paraje, pero ahora es otra; creo que atiende al público de 10 a 4, seis horas. Lo más del tiempo lo pasa cruzada de veredas en alguna de sus casas: quizá anoche estaba metida en la de Galíndez: ese día le tocó a Galíndez vivir en la calle.
Es por turnos y este es el turno de que yo me calle.
Macedonio


viernes, 27 de julio de 2018

Lágrima.

 Flota una niebla  extraña, gris e inmóvil. Salgo de mi casa y una ráfaga de frío golpea suavemente mi cara dejando una lágrima suspendida justo al borde inferior de mi ojo izquierdo.
 
 A paso ligero camino al son de "Elegía" de Hernández, con los audífonos cubriendo mis orejas. Las personas son bultos grisáceos moviéndose a prisa a un ritmo monótono, taciturnos. La mayoría enojados. Las bicicletas entrecruzándose, algunas rozándome y levantando una suave brisa. Los autos bloquean la pasada. En las veredas, solitarios pasean sus mascotas y van dejando atrás sus cacas en las orillas, en cunetas, en los arbustos, en los jardines.
 
 Y la lágrima sigue allí, acariciando el borde de mi ojo, y yo, encariñada con ella. El frío se hace intenso y apuro el paso cuidando que no se desprenda. El cemento pasa vertiginosamente bajo mis pies, confundiéndose con los edificios y con las grises palomas. De los zaguanes salen y entran los bultos opacos, el ambiente apretado y ligero despide olor a comida, a contaminación, a basura, como si los espacios se achicaran cada vez más.
 
 Debo llevar la lágrima al bosque, salir de acá, dejarla en la quietud de un acacio,  para que con sus ramas la abrace y la cuide. Pero no avanzo, hago el quite a la multitud que sigue entrando y saliendo de la niebla. Se aferra a mi rostro, el frío la amuralla.  Ahí está, impresionada : “ Este es el mundo” , susurra.


Aquella mañana, jadeando bajo la bruma encapotada, la lágrima se desploma estrellándose en el apático, indiferente, impasible cemento, pintándolo enteramente de escarlata. Y yo, inmóvil, deseando haber terminado este relato, con el alma desconsolada, “ siento más su muerte que mi vida”.

domingo, 13 de mayo de 2018

Carta a mi nieto de 8 años.

Santiago.Mayo-2018

 Quiero llorar a chorros cuando lloras.
 Quiero entumecerme cuando tienes frío.
 Quiero abrir mis venas si te lastiman.
 Quiero ser el eco de tus gritos.
 Quiero cansarme con tu cansancio.
 Quiero ahuyentar las noches de tus espantos.

 Si alguna ves un niño te hiere o se burla de ti, recuerda que ese niño se irá de tu vida y no sabrás más de él, no vale la pena entristecerte. Las personas que te quieren te aceptan como eres. Tú eres importante, lindo y de alma sensible. Acércate a los que te escuchan y te miran a los ojos.

 Ahora, te pido que dibujes un pájaro en una hoja de papel, sóplalo con todas tus fuerzas, y así en una lluvia de plumas dulces y alegres, atravesará los océanos y contra viento y mareas llegará volando donde está tu abuela que te quiere con toda el alma.

Kuku.



lunes, 13 de noviembre de 2017

N.N.


Tengo abierta la tumba.
Tanto tiempo esperando. Es un tiempo maldito.
Trae a sus amigos, trae a su esposa  y a sus hijos.
Trae la pala.


Trae claveles rojos.
Tanto tiempo esperando. Es un tiempo maldito.
Lo obligaron a correr  y lo acribillaron por la espalda y pasaron los años y nada…desaparecido.
Tanto tiempo esperando. Es un tiempo maldito.
Y no tiene ningún nombre, no! Solo un código. Será él?
Aún conserva la venda negra roñosa  pegada en su mandíbula abierta.
Ya ves, ponte a cavar, y no creas todo lo que te dicen, un racimo de huesos etiquetados con un número, no lo hace Rubén Cabezas.
Tanto tiempo esperando. Es un tiempo maldito.
Ya no quieren que busques más, ya están viejos y cansados, es un juego de sangre, de odio y cobardía.
Cava ahí, bajo el espino para que sus brazos lo protejan de los desprecios, que hasta la propia muerte lo ha olvidado.

jueves, 26 de octubre de 2017

Albinoni - Adagio in G Minor


Han pasado dos otoños, y Julia sin salir, desde la ventana mira como revientan las olas en burbujas de leche.

 Alimentando la nostalgia y el desgarro solo siente la música y no quiere mas de la vida que sentirla contenida en estos meses imprevistos.

 Se arroja a los pies de su recuerdo, abraza a su amado hasta que él  se deshace una y otra vez, sumergido en este paisaje tan bello, tan lleno de orfandad y de silencio. Solo el violín susurra en sus oídos y eso le basta, no, él no esta muerto, en este lugar se quedo sin estar el allí; allí donde cada noche clarea lejos una luz de su acorde.

 Todo cuanto ha tenido la muerte se lo ha llevado, olvidó ya lo que era, harapos de nada, tocados por una melodía del alma, solo mira el mar recluso entre acantilados erizados, callados, mirada de muerto, ¿quién me salvará de existir? Piensa Julia.

 Un hilo invisible la ata al violinista, es su único punto de apoyo. Eligió la renuncia a todo como forma de vida, y la contemplación por destino, disfrutando de los días y las noches como su único refugio-la música.

 No tiene nada que decir,  vive la perdida y goza en su entrega sufrida, así, la sinfonía trémula de expresión  pasa por ella en cortejo sonoro de seda llevadas por la brisa del mar, donde una claridad de luna ya no la despierta, si no la acompaña, oscilando confusa hasta perderse.

 No llora. Ha dejado de ser ella, Julia se ha abandonado, se ha evaporado, se arrulla en el adagio.

 Liberados  de ella, las nubes, la bruma del otoño, y las olas seguirán reventando burbujas de leche.