Algunos sociólogos ya están difundiendo un romanticismo del coronavirus. Hablan de desaceleración o de sosiego. Según ellos, esta sería una oportunidad. Volveríamos a tener tiempo para prestar atención al canto de los pájaros o para detenernos a oler el aroma de las flores. Pero conviene mantener un cierto escepticismo. Lo que probablemente sucederá es que tras la epidemia el capitalismo avanzará aún con mayor ímpetu y que nosotros viajaremos aún con menos escrúpulos. La presión para aportar rendimiento, para optimizarnos y para competir seguirá aumentando. En este momento el capitalismo no está siendo desacelerado, sino retenido. Reina una paralización nerviosa, una calma tensa. No nos abandonamos al sosiego, nos han obligado a una inactividad. La cuarentena no es un tiempo de tranquilidad. No se producirá ninguna revolución viral.
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domingo, 22 de mayo de 2022
domingo, 10 de abril de 2022
J.M.Coetzee
La realidad no merece mucho respeto, J.M. Coetzee

Como ves, estoy completamente dividido, indeciso y confuso. Mi profesión me ha convertido en mercader de ficciones. A juzgar por lo que escribo te debe de resultar evidente que la realidad no merece mucho respeto. Me considero un escritor que más que reflejar la realidad en su ficción se limita a usarla. Si el mundo de mis ficciones resulta reconocible, es porque (me digo a mí mismo) me resulta más fácil usar el mundo que tengo a mano que inventarme uno nuevo. Gustave Flaubert escribió una vez (en carta a Louise Colet) que aspiraba a escribir un libro acerca de nada, un libro que estuviera cohesionado simplemente por las tensiones mutuas entre sus componentes y no por la correspondencia con ningún mundo real. Jamás llegó a escribir aquel libro: era demasiado difícil, y además no lo habría leído nadie. Pero resulta significativo que un escritor al que se considera un archirrealista tuviera una opinión tan baja de la realidad.
Lo que nos une al mundo real es, en última instancia, la muerte. Te puedes inventar historias sobre ti mismo hasta quedarte satisfecho, pero no eres libre para inventarte el final. El final tiene que ser la muerte: es el único final en el que se puede creer en serio. ¡Menuda ironía que para echar el ancla en un mar de ficciones haya que recurrir a la muerte!
J.M. Coetzee
El buen relato
Conversaciones con Arabella Kurtz
Traducción: Javier Calvo
Foto: J.M. Coetzee
domingo, 28 de noviembre de 2021
viernes, 19 de noviembre de 2021
PERDIDA.
Corría el año 1966 y yo comenzaba a dar mis primeros pasos en la prostitución, arrincono el abandono de la leche materna, la cobija, las noches de sueño y me olvido de llorar.
Perdida! Me grita un hombre gordo y grande desde la última casa cruzando la calle. Tiene la mandíbula cuadrada, desencajada y ríe a gritos con su amigo que aplaude.
En medio del callejón hay un árbol con raíces arrestadas por los adoquines, camino imprecisa con mis botas blancas largas arriba de la rodilla y la minifalda que me dio Huenteo en Tracura antes de venirme a Victoria para mi cumpleaños del año pasado, cuando cumplí 13 años.
Me detengo en la calle 18 del Paseo de las Penurias, los faroles y las lámparas amarillentas de arco a media luz le dan un aire romántico y mi perfume dulzón se confunde con el aroma de las flores que atestan la cuneta.
Lo veo desde lejos, es el mismo que cada cada atardecer se sienta en aquel banco, con los ojos semicerrados, la cabeza recostada en el borde de la grada, donde los Notros formaban una hilera roja que contrasta con su pelo y bigote atezado. Me acerco para pedirle que encienda mi cigarrillo, y lanzó un escupitajo furioso contra el suelo, se enderezó con dificultad titubeando con ademanes de vagabundo mudo y misterioso.
Femenina y digna, pero aún un poco borracha, lo tomo del brazo . Él se zafa meneando la cabeza de un lado a otro pero luego se detiene y me arrastra hacia adelante. Me seduce la incertidumbre, me empuja y caigo en el pasto, su cráneo alargado y animalesco se recuesta contra la luz de los faroles, el bigote le goteaba.
Y ahora estaba allí, con las mejillas hinchadas, sola, despedazada .Con la ropa diseminada , los ojos negros de maquillaje corrido. Tengo hambre. Decido ir a tomar desayuno, pero franquee la callecita a la izquierda donde estaba el Bar Penumbra, la puerta me volvió el alma al cuerpo al sentir su olor azumagado, el humo de los cigarrillos, las ventanas tapiadas con gruesas cortinas para ahuyentar la luz del día. En el gramófono sonó una melodía empalagosa . Bailo y bailo, en un desorden torpe y sin sentido al ritmo del canto. Mi danza tiene algo de siniestro.
Carmela.
lunes, 15 de noviembre de 2021
Trance
El Sr.T me recibe esa noche, la tormenta arrecia y en la pared carcomida por la humedad y el sudor del cemento cuelga el espejo que espera en penumbras el reflejo borroso de alguien, o el suyo propio, el rostro del célebre terapeuta.
Arrastro la silla y me siento frente a él. Levemente suspendida, creo distinguir mi figura, me acomodo suavemente y aflojo mis párpados.
El Sr.T hace girar el péndulo que oscila lentamente su danza hechicera.
-Es un viaje, un viaje secreto -dice el Sr.T-. No tema, Sr V, nada malo le pasará.
¿En que lado prefiere estar?
Inesperadamente, una muchacha con una pollera roja irrumpe en la habitación y habla al oído. Violentamente, la puerta se cierra y el Sr.T desaparece tras ella.
Allá o acá trastabillo y camino indeciso sobre el pasto mientras siento el resonar de una cascada que cae lenta, como los párpados de un gigante. Sólo el viento me reconforta y deambulo en medio del silencio que se propaga en forma de ausencia, el cielo estropeado, oscuro, inconcluso, pero ascendente. Entonces reconozco, no muy lejos, mi casa, donde cantó la muerte con su pollera roja. Huyo del delirio. Corro y corro desanudando el espacio entre otros cuerpos que giran sin rumbo en la niebla.
Otra vez la soledad. Un gimoteo que no sale de mi boca me aterriza de nuevo frente al reflejo turbio. Hundo el cansancio en toda mi piel y me veo desnudo, confundido en el hechizo de las piernas de la muerte y su pollera, enroscándonos en un rojo delirio de espejos, amoroso, infinito.
Carmela 10/11/2021
lunes, 25 de octubre de 2021
Mátalas.
Cabizbajo, Nibaldo pisa el suelo de tierra endurecido del Bar Penumbra, tropezando con todas las mesas que se le cruzan apuradas en el camino, los parroquianos no lo miran, avanza con la lentitud de sus pasos aporreados hasta que nuestras mantas mojadas se entrelazan como nuestros vasos lluviosos de vino tinto, y durante esos litros de infinitos pesares El vomita su rabia, su goce, su guitarra y sus perdones.
Mientras habla ,canta, suspira, llora y ríe. Yo escucho el silencio interrumpido de nuestras copas que se estrellan el secreto ranchero de su pena, de odios, de coraje, de su amor ardiente que apaga con fuego de leña seca y vapor de poncho húmedo .
Se calla y su figura silente se recuesta en las tablas de tapa de pino donde entra el frío colado. Me acerco y le susurro entre barboteos una pistola, una serenata caliente para la infiel, un abrazo lleno de locuras con flores perfumadas, sudores y caminos de arrayanes.
Casi no lo veo, se deshace en el humo de la Penumbra, en el sordo gimoteo de palabras que se precipitan hacia la noche helada y se disuelven como el aguacero.
Escribí este cuento, basado en la canción “ Mátalas” del mejicano Alejandro Fernández.( para un taller literario )
