Un torrente de ramas,
despojos, y mierda, corría negruzca por la avenida hacia abajo con la fuerza
que el viento impulsaba, lo que hacía imposible cruzar la calle, el agua lo
había inundado todo.
Del otro lado de la
acera, el anónimo con su cara lavada, chorreando
injusticia, de imagen inofensiva y manos gélidas, esperando. Trajeado con dos
bolsas de basura, un gran cinturón y unas botas altas de goma. En la gorra llevaba
un cartel, que se leía “diplomado en aguas furiosas”; enérgico, se acercaba a la
bajada de la micro extendiendo sus brazos como remos óseos ofreciendo cruzar la
calle, encorvando la espalda para recibir el pesado bulto. Convencía con un
tono tierno y decidido que la gente
asumía sacando fuerzas de la penuria, con la dignidad que les faltaba a los que
manejaban este país. El hombre atravesaba la calle de lado a lado, dando un
paso tras otro, sumido hasta la cintura al compás del torrente, hasta que
llegaba con su apreciado encargo, para devolverse cargado nuevamente y así
durante todo el día, durante todos los meses, durante todos los años.
Por las rendijas de
su casa el viento susurraba, y su hijo Samuel, le preguntaba qué decía, - no le hagas caso, son
desventuras, ya todo va a cambiar, voy a comprarme un triciclo y tu vas a poder
estudiar porque voy a llevar a mucha gente…
La mañana en que
Samuel va al cuarto de su padre, y lo encuentra empapado, congelado y sin vida,
había una tormenta, de ramas, basura y mierda…y las nubes también lloraban.

