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Mierda.
PERDIDA.
Corría el año 1966 y yo comenzaba a dar mis primeros pasos en la prostitución, arrincono el abandono de la leche materna, la cobija, las noches de sueño y me olvido de llorar.
Perdida! Me grita un hombre gordo y grande desde la última casa cruzando la calle. Tiene la mandíbula cuadrada, desencajada y ríe a gritos con su amigo que aplaude.
En medio del callejón hay un árbol con raíces arrestadas por los adoquines, camino imprecisa con mis botas blancas largas arriba de la rodilla y la minifalda que me dio Huenteo en Tracura antes de venirme a Victoria para mi cumpleaños del año pasado, cuando cumplí 13 años.
Me detengo en la calle 18 del Paseo de las Penurias, los faroles y las lámparas amarillentas de arco a media luz le dan un aire romántico y mi perfume dulzón se confunde con el aroma de las flores que atestan la cuneta.
Lo veo desde lejos, es el mismo que cada cada atardecer se sienta en aquel banco, con los ojos semicerrados, la cabeza recostada en el borde de la grada, donde los Notros formaban una hilera roja que contrasta con su pelo y bigote atezado. Me acerco para pedirle que encienda mi cigarrillo, y lanzó un escupitajo furioso contra el suelo, se enderezó con dificultad titubeando con ademanes de vagabundo mudo y misterioso.
Femenina y digna, pero aún un poco borracha, lo tomo del brazo . Él se zafa meneando la cabeza de un lado a otro pero luego se detiene y me arrastra hacia adelante. Me seduce la incertidumbre, me empuja y caigo en el pasto, su cráneo alargado y animalesco se recuesta contra la luz de los faroles, el bigote le goteaba.
Y ahora estaba allí, con las mejillas hinchadas, sola, despedazada .Con la ropa diseminada , los ojos negros de maquillaje corrido. Tengo hambre. Decido ir a tomar desayuno, pero franquee la callecita a la izquierda donde estaba el Bar Penumbra, la puerta me volvió el alma al cuerpo al sentir su olor azumagado, el humo de los cigarrillos, las ventanas tapiadas con gruesas cortinas para ahuyentar la luz del día. En el gramófono sonó una melodía empalagosa . Bailo y bailo, en un desorden torpe y sin sentido al ritmo del canto. Mi danza tiene algo de siniestro.
Carmela.
El Sr.T me recibe esa noche, la tormenta arrecia y en la pared carcomida por la humedad y el sudor del cemento cuelga el espejo que espera en penumbras el reflejo borroso de alguien, o el suyo propio, el rostro del célebre terapeuta.
Arrastro la silla y me siento frente a él. Levemente suspendida, creo distinguir mi figura, me acomodo suavemente y aflojo mis párpados.
El Sr.T hace girar el péndulo que oscila lentamente su danza hechicera.
-Es un viaje, un viaje secreto -dice el Sr.T-. No tema, Sr V, nada malo le pasará.
¿En que lado prefiere estar?
Inesperadamente, una muchacha con una pollera roja irrumpe en la habitación y habla al oído. Violentamente, la puerta se cierra y el Sr.T desaparece tras ella.
Allá o acá trastabillo y camino indeciso sobre el pasto mientras siento el resonar de una cascada que cae lenta, como los párpados de un gigante. Sólo el viento me reconforta y deambulo en medio del silencio que se propaga en forma de ausencia, el cielo estropeado, oscuro, inconcluso, pero ascendente. Entonces reconozco, no muy lejos, mi casa, donde cantó la muerte con su pollera roja. Huyo del delirio. Corro y corro desanudando el espacio entre otros cuerpos que giran sin rumbo en la niebla.
Otra vez la soledad. Un gimoteo que no sale de mi boca me aterriza de nuevo frente al reflejo turbio. Hundo el cansancio en toda mi piel y me veo desnudo, confundido en el hechizo de las piernas de la muerte y su pollera, enroscándonos en un rojo delirio de espejos, amoroso, infinito.
Carmela 10/11/2021