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viernes, 27 de julio de 2018

Lágrima.

 Flota una niebla  extraña, gris e inmóvil. Salgo de mi casa y una ráfaga de frío golpea suavemente mi cara dejando una lágrima suspendida justo al borde inferior de mi ojo izquierdo.
 
 A paso ligero camino al son de "Elegía" de Hernández, con los audífonos cubriendo mis orejas. Las personas son bultos grisáceos moviéndose a prisa a un ritmo monótono, taciturnos. La mayoría enojados. Las bicicletas entrecruzándose, algunas rozándome y levantando una suave brisa. Los autos bloquean la pasada. En las veredas, solitarios pasean sus mascotas y van dejando atrás sus cacas en las orillas, en cunetas, en los arbustos, en los jardines.
 
 Y la lágrima sigue allí, acariciando el borde de mi ojo, y yo, encariñada con ella. El frío se hace intenso y apuro el paso cuidando que no se desprenda. El cemento pasa vertiginosamente bajo mis pies, confundiéndose con los edificios y con las grises palomas. De los zaguanes salen y entran los bultos opacos, el ambiente apretado y ligero despide olor a comida, a contaminación, a basura, como si los espacios se achicaran cada vez más.
 
 Debo llevar la lágrima al bosque, salir de acá, dejarla en la quietud de un acacio,  para que con sus ramas la abrace y la cuide. Pero no avanzo, hago el quite a la multitud que sigue entrando y saliendo de la niebla. Se aferra a mi rostro, el frío la amuralla.  Ahí está, impresionada : “ Este es el mundo” , susurra.


Aquella mañana, jadeando bajo la bruma encapotada, la lágrima se desploma estrellándose en el apático, indiferente, impasible cemento, pintándolo enteramente de escarlata. Y yo, inmóvil, deseando haber terminado este relato, con el alma desconsolada, “ siento más su muerte que mi vida”.