Flota una niebla
extraña, gris e inmóvil. Salgo de mi casa y una ráfaga de frío golpea
suavemente mi cara dejando una lágrima suspendida justo al borde inferior de mi
ojo izquierdo.
A paso ligero camino al son de "Elegía" de Hernández, con los
audífonos cubriendo mis orejas. Las personas son bultos grisáceos moviéndose a
prisa a un ritmo monótono, taciturnos. La mayoría
enojados. Las bicicletas entrecruzándose, algunas rozándome y levantando una
suave brisa. Los autos bloquean la pasada. En las veredas, solitarios pasean
sus mascotas y van dejando atrás sus cacas en las orillas, en cunetas, en los
arbustos, en los jardines.
Y la lágrima sigue allí, acariciando el borde de mi ojo, y
yo, encariñada con ella. El frío se hace intenso y apuro el paso cuidando que no se
desprenda. El cemento pasa vertiginosamente bajo mis pies, confundiéndose con
los edificios y con las grises palomas. De los zaguanes salen y entran los
bultos opacos, el ambiente apretado y ligero despide olor a comida, a
contaminación, a basura, como si los espacios se achicaran cada vez más.
Debo llevar la lágrima al bosque, salir de acá, dejarla en la
quietud de un acacio, para que con
sus ramas la abrace y la cuide. Pero no avanzo, hago el quite a la multitud que
sigue entrando y saliendo de la niebla. Se aferra a mi rostro, el frío la
amuralla. Ahí está, impresionada
: “ Este es el mundo” , susurra.