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martes, 4 de diciembre de 2018

Carta de Macedonio Fernández a Jorge Luis Borges



Querido Jorge:


Iré esta tarde y me quedaré a comer si no hay inconveniente y estamos con ganas de trabajar. (Advertirás que las ganas de cenar ya las tengo y sólo falta asegurarme las otras). Tienes que disculparme el no haber ido anoche. Soy tan distraído que iba para allá y en el camino me acuerdo que me había quedado en casa. Estas distracciones frecuentes son una vergüenza y hasta me olvido de avergonzarme.
Estoy preocupado con la carta que ayer concluí y estampillé para vos; como te encontré antes de echarla al buzón tuve el aturdimiento de romperle el sobre y ponértela en el bolsillo: otra carta que por falta de dirección se habrá extraviado.
Muchas de mis cartas no llegan, porque omito el sobre o las señas o el texto. Esto me trae tan fastidiado que te rogaría que vinieras a leer ésta en casa. Su objeto es explicarte que si anoche tú y Pérez Ruiz en busca de Bartolomé Galíndez no dieron con la calle Coronda, debe ser, creo, porque la han puesto presa para concluir con los asaltos que en ella se distribuían de continuo. A un español le robaron hasta la zeta, que tanto la necesitan para pronunciar la ese y aún para toser. Además, los asaltantes que prefieren esa calle por comodidad, quejáronse de que se la mantenía tan oscura que escaseaba la luz hasta para el trabajo de ellos y se veían forzados a asaltar de día, cuando debían descansar y dormir.
De modo que la calle Coronda antes era ésa y frecuentaba ese paraje, pero ahora es otra; creo que atiende al público de 10 a 4, seis horas. Lo más del tiempo lo pasa cruzada de veredas en alguna de sus casas: quizá anoche estaba metida en la de Galíndez: ese día le tocó a Galíndez vivir en la calle.
Es por turnos y este es el turno de que yo me calle.
Macedonio


viernes, 27 de julio de 2018

Lágrima.

 Flota una niebla  extraña, gris e inmóvil. Salgo de mi casa y una ráfaga de frío golpea suavemente mi cara dejando una lágrima suspendida justo al borde inferior de mi ojo izquierdo.
 
 A paso ligero camino al son de "Elegía" de Hernández, con los audífonos cubriendo mis orejas. Las personas son bultos grisáceos moviéndose a prisa a un ritmo monótono, taciturnos. La mayoría enojados. Las bicicletas entrecruzándose, algunas rozándome y levantando una suave brisa. Los autos bloquean la pasada. En las veredas, solitarios pasean sus mascotas y van dejando atrás sus cacas en las orillas, en cunetas, en los arbustos, en los jardines.
 
 Y la lágrima sigue allí, acariciando el borde de mi ojo, y yo, encariñada con ella. El frío se hace intenso y apuro el paso cuidando que no se desprenda. El cemento pasa vertiginosamente bajo mis pies, confundiéndose con los edificios y con las grises palomas. De los zaguanes salen y entran los bultos opacos, el ambiente apretado y ligero despide olor a comida, a contaminación, a basura, como si los espacios se achicaran cada vez más.
 
 Debo llevar la lágrima al bosque, salir de acá, dejarla en la quietud de un acacio,  para que con sus ramas la abrace y la cuide. Pero no avanzo, hago el quite a la multitud que sigue entrando y saliendo de la niebla. Se aferra a mi rostro, el frío la amuralla.  Ahí está, impresionada : “ Este es el mundo” , susurra.


Aquella mañana, jadeando bajo la bruma encapotada, la lágrima se desploma estrellándose en el apático, indiferente, impasible cemento, pintándolo enteramente de escarlata. Y yo, inmóvil, deseando haber terminado este relato, con el alma desconsolada, “ siento más su muerte que mi vida”.

domingo, 13 de mayo de 2018

Carta a mi nieto de 8 años.

Santiago.Mayo-2018

 Quiero llorar a chorros cuando lloras.
 Quiero entumecerme cuando tienes frío.
 Quiero abrir mis venas si te lastiman.
 Quiero ser el eco de tus gritos.
 Quiero cansarme con tu cansancio.
 Quiero ahuyentar las noches de tus espantos.

 Si alguna ves un niño te hiere o se burla de ti, recuerda que ese niño se irá de tu vida y no sabrás más de él, no vale la pena entristecerte. Las personas que te quieren te aceptan como eres. Tú eres importante, lindo y de alma sensible. Acércate a los que te escuchan y te miran a los ojos.

 Ahora, te pido que dibujes un pájaro en una hoja de papel, sóplalo con todas tus fuerzas, y así en una lluvia de plumas dulces y alegres, atravesará los océanos y contra viento y mareas llegará volando donde está tu abuela que te quiere con toda el alma.

Kuku.