Han pasado dos otoños, y Julia sin salir,
desde la ventana mira como revientan las olas en burbujas de leche.
Alimentando
la nostalgia y el desgarro solo siente la música y no quiere mas de la vida que
sentirla contenida en estos meses imprevistos.
Se
arroja a los pies de su recuerdo, abraza a su amado hasta que él se deshace una y otra vez, sumergido en este
paisaje tan bello, tan lleno de orfandad y de silencio. Solo el violín susurra
en sus oídos y eso le basta, no, él no esta muerto, en este lugar se quedo sin
estar el allí; allí donde cada noche clarea lejos una luz de su acorde.
Todo
cuanto ha tenido la muerte se lo ha llevado, olvidó ya lo que era, harapos de
nada, tocados por una melodía del alma, solo mira el mar recluso entre
acantilados erizados, callados, mirada de muerto, ¿quién me salvará de existir?
Piensa Julia.
Un
hilo invisible la ata al violinista, es su único punto de apoyo. Eligió la
renuncia a todo como forma de vida, y la contemplación por destino, disfrutando
de los días y las noches como su único refugio-la música.
No
tiene nada que decir, vive la perdida y
goza en su entrega sufrida, así, la sinfonía trémula de expresión pasa por ella en cortejo sonoro de seda
llevadas por la brisa del mar, donde una claridad de luna ya no la despierta,
si no la acompaña, oscilando confusa hasta perderse.
No
llora. Ha dejado de ser ella, Julia se ha abandonado, se ha evaporado, se
arrulla en el adagio.
